Este es un Mapa-Poema para niñas que, como tú, se portan mal.
Porque no nos gusta la sopa, no nos apetece acostarnos, ir al colegio o ponernos esos zapatos: hay miles de maneras de portarse mal, y al parecer solo una de hacerlo bien.
Los espacios son todos los que te rodean, grandes y pequeños: la cocina, el patio de casa, el parque, o el interior de un plato de sopa.
El tiempo es ahora.
UN MAYOR y UNA MAYOR pueden ser papá y mamá, una profesora, el vecino, la tía Claudia, o alguien simplemente que pasaba por allí.
TÚ eres el otro personaje de esta historia –TÚ soy yo, tú, nosotras–: estás en pijama, delante de la cena, y no te gusta demasiado lo que ves…
Esto es una historia llamada Irse de casa (Mapa-poema para niñas que se portan mal). Yo soy su autora, la persona que lo escribió, hace ya algunos años.
¿Que cómo se me ocurrió? Pues la verdad, fue una mezcla de cosas. Acababa de conocer a una dramaturga increíble, canadiense, que se llama Suzanne Lebeau, y que me había enseñado varias cosas estupendas sobre la escritura.
Además, era primavera y a mí me tocaba hacer mucho trabajo que no me apetecía: trabajo de papeleo, porque además de escribir me dedico a otras cosas. Tenía que rellenar muchos papeles y me daba tanta pereza como a la protagonista de esta historia comerse la sopa. Así que sentarme a escribir fue, para mí, como saltar por la ventana del patio.
Para crear todos los elementos de esto que vas a leer, también fueron importantes otras lecturas y obras de teatro que había visto. Por ejemplo, El letrero secreto de Rosie, un relato de un autor que se llamaba Maurice Sendak y que ya murió. O la obra Los pequeños poderes, de la propia Suzanne. También, los álbumes Siesta i Al final, de Silvia Nanclares y Miguel Brieva. Con esto quiero decir que cuando escribes, estás siempre dialogando con otras escritoras y escritores que te han alimentado la creación de tus propias historias. A lo mejor es que sueñas con devolverles algo… no sé.
Escribir Irse de casa fue jugoso, divertido y bonito. Bueno, y también un poco terrorífico durante unos días, la verdad, porque pensaba que no iba a ser capaz de conseguir poner en el papel lo que tenía en la cabeza: todas esas imágenes que iban surgiendo sobre la ciudad, los vuelos espaciales, el calamar gigante de un solo ojo…
A medida que escribía, me fui dando cuenta de que lo que yo quería era plasmar muchas imágenes de mi alrededor, imágenes que había visto y también imaginado. Y entonces empecé a sentirme muy libre, como si escribiendo cualquier cosa fuese posible:
Volar, nadar, saltar dentro de un plato de sopa… o bucear hasta el interior de las personas mayores.
Pero no te quiero destripar nada.
Como te he dicho, intentaba librarme, aunque fuera por un rato, de todos esos papeles aburridos en los que tenía que trabajar. Al final ese rato se convirtió en varios. Y fueron ratos muy gozosos, que disfruté mucho: imaginándote a ti, que podría haber sido yo, en todas esas situaciones.
Lo que yo quería era volar de mis papeles, ya lo sabes.
Y permitirte también volar a ti:
del plato de sopa,
de la clase de gimnasia,
de la sala de espera del dentista.
La verdad es que a veces volar es difícil, no nos engañemos. No siempre es posible huir de lo que no nos apetece. Aunque a veces… a veces sí se puede, te lo digo yo. Que lo conseguí esos días escribiendo. De hecho, gracias a haber escrito esta historia, ahora pienso que SE PUEDE más veces de las que creemos.
Yo me sentí muy libre escribiendo, y ojalá tú te sientas también libre leyéndolo.
Y luego, pues ya sabes: ahí están el parque, la chimenea y hasta los y las mayores.
Un mundo entero esperándonos.











